Hace poco salía una noticia en La Vanguardia cuyo título no podía ser más gráfico: ¿Asfixiados por la red social? que trataba sobre la vuelta a la intimidad que se está dando en algunas esferas o planos sociales norteamericanos, donde hartos del despliegue sin censura en las redes sociales de imágenes y vídeos de fiestas y otros acontecimientos privados, han comenzado a organizar fiestas seguras.
Y es que los videos que se pudieron grabar en muchas fiestas han pasado de ser material privado perteneciente a las vidas de sus protagonistas, a material público que cuanto más es difundido y visto más obsceno se vuelve en sí mismo. Eso sin contar con que no existe en la mayoría de ocasiones, ni consentimiento de los "actores" ni se respeta el derecho a la intimidad o a la imagen de los mismos.
El artículo decía que “En Nueva York se convocan fiestas off the record". Es decir, que ni se comentan ni se graban ni se publican en Internet ni se comparten en redes sociales por el mero interés de la perversión de masas o estupidez supina de algunos.
La empresa Protocols NYC organiza cada dos semanas fiestas en las que se garantiza diversión al margen de estupideces posteriores de adolescentes. Tal y como indican sus responsables, "Lo que se hace aquí, se queda aquí." A estas fiestas se acude por invitación para charlar con gente influyente “por negocios y por placer” y no se desea luego aparecer colgado y visto por miles de ociosos y vouyeristas cibernéticos que no tienen otros cojones que tocar.
Es lamentable saber que, al igual que el correo electrónico, los SMS, los teléfonos móviles y el resto de tecnología posterior llamada 2.0, 3.0 o lo que venga, es utilizada en más de un 50% de los casos para hacer el chorra.
miércoles, 14 de octubre de 2009
jueves, 8 de octubre de 2009
Aprender a pensar
Sir Ernest Rutherford, presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nobel de Química en 1908, contaba la siguiente anécdota:
Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la respuesta que había dado en un problema de física, pese a que este afirmaba rotundamente que su respuesta era absolutamente acertada.
Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo. Leí la pregunta del examen y decía: Demuestre como es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro. El estudiante había respondido: llevo el barómetro a la azotea del edificio y le ato una cuerda muy larga. Lo descuelgo hasta la base del edificio, marco y mido. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio.
Realmente, el estudiante había planteado un serio problema con la resolución del ejercicio, porque había respondido a la pregunta correcta y completamente. Por otro lado, si se le concedía la máxima puntuación, podría alterar el promedio de su año de estudio, obtener una nota mas alta y así certificar su alto nivel en física; pero la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel.
Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para que me respondiera la misma pregunta pero esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de física. Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada.
Le pregunte si deseaba marcharse, pero me contesto que tenia muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas. Me excuse por interrumpirle y le rogué que continuara.
En el minuto que le quedaba escribió la siguiente respuesta: tomo el barómetro y lo lanzo al suelo desde la azotea del edificio, calculo el tiempo de caída con un cronometro. Después se aplica la formula altura = 0,5 por A por t^2. Y así obtenemos la altura del edificio.
En este punto le pregunte a mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota mas alta.
Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras respuestas a la pregunta. Bueno, respondió, hay muchas maneras, por ejemplo, tomas el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del Edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio. Perfecto, le dije, ¿y de otra manera?. Si, contestó, éste es un procedimiento muy básico para medir un edificio, pero también sirve. En este método, tomas el barómetro y te sitúas en las escaleras del edificio en la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando la altura del barómetro y cuentas el numero de marcas hasta la azotea. Multiplicas al final la altura del barómetro por el numero de marcas que has hecho y ya tienes la altura. Este es un método muy directo. Por supuesto, si lo que quiere es un procedimiento mas sofisticado, puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un péndulo. Si calculamos que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla fórmula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio. En este mismo estilo de sistema, atas el barómetro a una cuerda y lo descuelgas desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedes calcular la altura midiendo su período de precesión. En fin, concluyó, existen otras muchas maneras. Probablemente, la mejor sea tomar el barómetro y golpear con el la puerta de la casa del portero. Cuando abra, decirle: "Señor portero, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo".
En este momento de la conversación, le pregunte si no conocía la respuesta convencional al problema (la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares) evidentemente, dijo que la conocía, pero que durante sus estudios, sus profesores habían intentado enseñarle a pensar.
El estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, premio Nobel de física en 1922, mas conocido por ser el primero en proponer el modelo de átomo con protones y neutrones y los electrones que lo rodeaban. Fue fundamentalmente un innovador de la teoría cuántica.
Al margen del personaje, lo divertido y curioso de la anécdota, lo esencial de esta historia es que LE HABÍAN ENSEÑADO A PENSAR.
Por cierto, para los escépticos, esta historia es absolutamente verídica.
Aprendamos a pensar, hay mil soluciones para un mismo problema, pero lo realmente interesante, lo auténticamente genial es elegir la solución más practica y rápida, de forma que podamos acabar con el problema de raíz...y dedicarnos a solucionar OTROS problemas.
Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la respuesta que había dado en un problema de física, pese a que este afirmaba rotundamente que su respuesta era absolutamente acertada.
Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo. Leí la pregunta del examen y decía: Demuestre como es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro. El estudiante había respondido: llevo el barómetro a la azotea del edificio y le ato una cuerda muy larga. Lo descuelgo hasta la base del edificio, marco y mido. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio.
Realmente, el estudiante había planteado un serio problema con la resolución del ejercicio, porque había respondido a la pregunta correcta y completamente. Por otro lado, si se le concedía la máxima puntuación, podría alterar el promedio de su año de estudio, obtener una nota mas alta y así certificar su alto nivel en física; pero la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel.
Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para que me respondiera la misma pregunta pero esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de física. Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada.
Le pregunte si deseaba marcharse, pero me contesto que tenia muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas. Me excuse por interrumpirle y le rogué que continuara.
En el minuto que le quedaba escribió la siguiente respuesta: tomo el barómetro y lo lanzo al suelo desde la azotea del edificio, calculo el tiempo de caída con un cronometro. Después se aplica la formula altura = 0,5 por A por t^2. Y así obtenemos la altura del edificio.
En este punto le pregunte a mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota mas alta.
Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras respuestas a la pregunta. Bueno, respondió, hay muchas maneras, por ejemplo, tomas el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del Edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio. Perfecto, le dije, ¿y de otra manera?. Si, contestó, éste es un procedimiento muy básico para medir un edificio, pero también sirve. En este método, tomas el barómetro y te sitúas en las escaleras del edificio en la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando la altura del barómetro y cuentas el numero de marcas hasta la azotea. Multiplicas al final la altura del barómetro por el numero de marcas que has hecho y ya tienes la altura. Este es un método muy directo. Por supuesto, si lo que quiere es un procedimiento mas sofisticado, puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un péndulo. Si calculamos que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla fórmula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio. En este mismo estilo de sistema, atas el barómetro a una cuerda y lo descuelgas desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedes calcular la altura midiendo su período de precesión. En fin, concluyó, existen otras muchas maneras. Probablemente, la mejor sea tomar el barómetro y golpear con el la puerta de la casa del portero. Cuando abra, decirle: "Señor portero, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo".
En este momento de la conversación, le pregunte si no conocía la respuesta convencional al problema (la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares) evidentemente, dijo que la conocía, pero que durante sus estudios, sus profesores habían intentado enseñarle a pensar.
El estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, premio Nobel de física en 1922, mas conocido por ser el primero en proponer el modelo de átomo con protones y neutrones y los electrones que lo rodeaban. Fue fundamentalmente un innovador de la teoría cuántica.
Al margen del personaje, lo divertido y curioso de la anécdota, lo esencial de esta historia es que LE HABÍAN ENSEÑADO A PENSAR.
Por cierto, para los escépticos, esta historia es absolutamente verídica.
Aprendamos a pensar, hay mil soluciones para un mismo problema, pero lo realmente interesante, lo auténticamente genial es elegir la solución más practica y rápida, de forma que podamos acabar con el problema de raíz...y dedicarnos a solucionar OTROS problemas.
Aprendiendo modales en el supermercado
'Aprendiendo modales en el supermercado'
Autora: Rosa Montero
Hace algunos días, una amiga mía estaba haciendo cola delante de la caja de un supermercado. Era una hora punta y había mucha gente. Cuando llegó su turno, mi amiga, que ya había vaciado su cesta sobre la cinta, dijo: “Buenas tardes”. La cajera, una chica de aspecto andino, levantó sobresaltada la cabeza de su afanoso marcar y marcar. “Ay, señora, perdone, buenas tardes”, dijo con su suave acento ecuatoriano: “Es que una termina perdiendo los modales”. Y, mientras cobraba, le contó a mi amiga que llevaba cinco años en España y que, cuando llegó, se le habían saltado las lágrimas en más de una ocasión por la rudeza del trato de la gente: no pedían las cosas por favor, no daban las gracias, a menudo ni contestaban sus saludos. “Al principio pensaba que estaban enfadados conmigo, pero luego ya vi que eran así”.
De todos es sabido que el español tiene modales de bárbaro. Aún peor: consideramos nuestra grosería un rasgo idiosincrásico y hasta nos enorgullecemos de ella. “Somos ásperos pero auténticos”, he oído decir en más de una ocasión. Y también: “Es mejor ser así que andarse con esas pamemas hipócritas y cursis que se gastan otros pueblos”. Y por pamemas cursis nos estamos refiriendo pura y simplemente a la buena educación. En muchas cosas, por desgracia, seguimos siendo un país de pelo en pecho al que le gusta alardear de ser muy macho.
Resulta sorprendente que nos hayamos convertido en un pueblo tan áspero y tan zafio, porque, en mi infancia, a los niños se nos enseñaba todavía a saludar, a dar las gracias, a ceder el asiento en el autobús a las embarazadas, a sostener la puerta para dejar pasar a un incapacitado, por ejemplo. Hoy todos esos usos corteses, esas convenciones amables que las sociedades fueron construyendo a lo largo de los siglos para facilitar la convivencia, parecen haber desaparecido en España barridas por el huracán del desarrollo económico y de una supuesta modernización de las costumbres. En no sé qué momento de nuestra reciente historia se llegó a la tácita conclusión de que ser educado era una rémora, una práctica vetusta e incluso un poco de derechas.
Me temo que defender los buenos modales, como hago en este artículo, puede parecerles a muchos una reivindicación casposa y obsoleta. Pero en realidad los buenos modales no son sino una especie de gramática social que nos enseña el lenguaje del respeto y de la ayuda mutua. Alguien cortés es alguien capaz de ponerse en el lugar del otro.
Dentro de esta educación en la mala educación que estamos llevando a cabo de modo tan eficiente, son los chicos más jóvenes quienes, como es natural, aprenden más deprisa. No sólo es bastante raro que un muchacho o una muchacha levanten sus posaderas del asiento para ofrecerle el sitio a la ancianita más renqueante y temblorosa que imaginarse pueda, sino que además empieza a ser bastante común ver a una madre por la calle cargada hasta las cejas de paquetes y flanqueada por el gamberro de su hijo adolescente, un grandullón de pantalones caídos que va tocándose las narices con las manos vacías y tan campante.
Algunas de estas madres llenas de impedimenta y acompañadas de hijos caraduras son emigrantes, lo que demuestra la inmersión cultural de la gente extranjera: las nuevas generaciones crecidas aquí enseguida se hacen tan maleducados como nosotros. Pero, por fortuna, también sucede lo contrario. Quiero decir que, en los últimos años, muchos de los trabajos que se realizan de cara al público, como los empleos de cajero o de dependiente en una tienda, han sido cubiertos por personas de origen latinoamericano. Dulces, amables y educados, esas mujeres y esos hombres siguen insistiendo en dar los buenos días, en pedir las cosas por favor y en decir gracias. Algunos, sobre todo aquellos que vinieron hace años, como la cajera que se encontró mi amiga, tal vez hayan relajado un poco su disciplina cortés, contaminados por nuestra rudeza. Pero la mayoría continúa siendo gentil con encomiable tenacidad, y así, poco a poco, están ayudando a desasnar al personal celtíbero.
¿No se han dado cuenta de que estamos volviendo a saludar a las dependientas? Yo diría que en el último año la situación parece haber mejorado. Las colas de los supermercados, con sus suaves y atentas cajeras latinoamericanas, son como cursillos acelerados de educación cívica. Quién sabe, quizá los emigrantes consigan civilizarnos.
Autora: Rosa Montero
Hace algunos días, una amiga mía estaba haciendo cola delante de la caja de un supermercado. Era una hora punta y había mucha gente. Cuando llegó su turno, mi amiga, que ya había vaciado su cesta sobre la cinta, dijo: “Buenas tardes”. La cajera, una chica de aspecto andino, levantó sobresaltada la cabeza de su afanoso marcar y marcar. “Ay, señora, perdone, buenas tardes”, dijo con su suave acento ecuatoriano: “Es que una termina perdiendo los modales”. Y, mientras cobraba, le contó a mi amiga que llevaba cinco años en España y que, cuando llegó, se le habían saltado las lágrimas en más de una ocasión por la rudeza del trato de la gente: no pedían las cosas por favor, no daban las gracias, a menudo ni contestaban sus saludos. “Al principio pensaba que estaban enfadados conmigo, pero luego ya vi que eran así”.
De todos es sabido que el español tiene modales de bárbaro. Aún peor: consideramos nuestra grosería un rasgo idiosincrásico y hasta nos enorgullecemos de ella. “Somos ásperos pero auténticos”, he oído decir en más de una ocasión. Y también: “Es mejor ser así que andarse con esas pamemas hipócritas y cursis que se gastan otros pueblos”. Y por pamemas cursis nos estamos refiriendo pura y simplemente a la buena educación. En muchas cosas, por desgracia, seguimos siendo un país de pelo en pecho al que le gusta alardear de ser muy macho.
Resulta sorprendente que nos hayamos convertido en un pueblo tan áspero y tan zafio, porque, en mi infancia, a los niños se nos enseñaba todavía a saludar, a dar las gracias, a ceder el asiento en el autobús a las embarazadas, a sostener la puerta para dejar pasar a un incapacitado, por ejemplo. Hoy todos esos usos corteses, esas convenciones amables que las sociedades fueron construyendo a lo largo de los siglos para facilitar la convivencia, parecen haber desaparecido en España barridas por el huracán del desarrollo económico y de una supuesta modernización de las costumbres. En no sé qué momento de nuestra reciente historia se llegó a la tácita conclusión de que ser educado era una rémora, una práctica vetusta e incluso un poco de derechas.
Me temo que defender los buenos modales, como hago en este artículo, puede parecerles a muchos una reivindicación casposa y obsoleta. Pero en realidad los buenos modales no son sino una especie de gramática social que nos enseña el lenguaje del respeto y de la ayuda mutua. Alguien cortés es alguien capaz de ponerse en el lugar del otro.
Dentro de esta educación en la mala educación que estamos llevando a cabo de modo tan eficiente, son los chicos más jóvenes quienes, como es natural, aprenden más deprisa. No sólo es bastante raro que un muchacho o una muchacha levanten sus posaderas del asiento para ofrecerle el sitio a la ancianita más renqueante y temblorosa que imaginarse pueda, sino que además empieza a ser bastante común ver a una madre por la calle cargada hasta las cejas de paquetes y flanqueada por el gamberro de su hijo adolescente, un grandullón de pantalones caídos que va tocándose las narices con las manos vacías y tan campante.
Algunas de estas madres llenas de impedimenta y acompañadas de hijos caraduras son emigrantes, lo que demuestra la inmersión cultural de la gente extranjera: las nuevas generaciones crecidas aquí enseguida se hacen tan maleducados como nosotros. Pero, por fortuna, también sucede lo contrario. Quiero decir que, en los últimos años, muchos de los trabajos que se realizan de cara al público, como los empleos de cajero o de dependiente en una tienda, han sido cubiertos por personas de origen latinoamericano. Dulces, amables y educados, esas mujeres y esos hombres siguen insistiendo en dar los buenos días, en pedir las cosas por favor y en decir gracias. Algunos, sobre todo aquellos que vinieron hace años, como la cajera que se encontró mi amiga, tal vez hayan relajado un poco su disciplina cortés, contaminados por nuestra rudeza. Pero la mayoría continúa siendo gentil con encomiable tenacidad, y así, poco a poco, están ayudando a desasnar al personal celtíbero.
¿No se han dado cuenta de que estamos volviendo a saludar a las dependientas? Yo diría que en el último año la situación parece haber mejorado. Las colas de los supermercados, con sus suaves y atentas cajeras latinoamericanas, son como cursillos acelerados de educación cívica. Quién sabe, quizá los emigrantes consigan civilizarnos.
miércoles, 7 de octubre de 2009
Mundos virtuales creados para el e-Learning
Todo lo virtual, sobre lo que se construye el mundo 2.0 que tanto fascina a Mónica, es especialmente propicio para servir como base o tecnología a la Formación.
El mundo joven en general, entendiendo y extendiendo el mismo a todas aquellas personas con menos de cincuenta años, parecen estar fascinado en mayor o menor medida con Internet y las Nuevas Tecnologías, la Realidad Virtual y los espacios simulados.
Esa buena percepción y valoración de todo ello y la amplia receptividad que la gente muestra en general hacia todo lo virtual y tecnológico, hace que los mundos o escenarios virtuales sean de lo más adecuados para la enseñanza en general y la e-Learning en especial, debido principalmente a su similitud con el mundo físico, a la facilidad de uso, a la sencillez para captar la atención de los usuarios y las grandes capacidades y potenciales que encierran.
La Realidad Virtual implica además distintas motivaciones y atractivos personales añadidos para cada individuo concreto. Es por ello fundamental que los creadores y diseñadores de los entornos virtuales de aprendizaje definan y construyan espacios atractivos que animen a su exploración y por consiguiente, a la inmersión completa en ellos de los usuarios que, una vez dentro, se encontrarán en las mejores condiciones para aprender y formarse, colaborar e interactuar. Es en definitiva, poder tener un gran número de alumnos que acudan diariamente a clase con gran interés, ilusión y ganas de participar activamente.
Todos los estudios actuales indican que curiosamente, los entornos virtuales que suponen una réplica de los entornos físicos, resultan mucho más efectivos y arrojan mejores resultados entre los estudiantes que los espacios similares del mundo físico.
Y no quiero hacer alusión al grado de realidad de unos sobre otros, porque aunque materiales e inmateriales, en la práctica ambos pueden considerarse reales al completo.
Al igual que los juegos que reproducen mundos y personajes virtuales, personajes que hacen exactamente lo mismo que sus "dueños" en la vida real o que les permite precisamente hacer aquello que no hacen en sus vidas físicas, han tenido un gran éxito en todo el planeta y reúnen a millones de personas, los entornos virtuales de aprendizaje tienen un potencial y una capacidad de atracción y de "juego" similar.
Es quizás por el magnetismo que para las generaciones actuales tiene la imitación de la realidad que nos rodea en forma de realidad virtual, es quizás por la carga de magia que todo ello tiene o porque, aún en constante evolución, nos sabe a auténtica ciencia ficción extraída de novelas y películas de las que hemos disfrutado todos, los entornos virtuales resultan algo fantástico para sus protagonistas, deseosos de realizar una inmersión y exploración inmediata en ellos.
Los participantes de los espacios virtuales de enseñanza no sólo pueden leer textos, ver imágenes y videos o interactuar con sus tutores, sino que además pueden escuchar contenidos locutados, acceder a laboratorios virtuales, realizar ejercicios y simulaciones con corrección inmediata, navegar por los hiperenlaces o bucear en completas bibliotecas. Y todo ello de forma paralela con el intercambio de ideas y conocimientos con el resto de miembros del entorno, con su participación activa en salas de conferencia, de charla (chats) o cafés virtuales, con sus publicaciones e intercambio de ideas en cuadernos de bitácora (blogs) o en la participación y creación conjunta de enciclopedias y contenidos llamados "wikis".
Así pues los Campus Virtuales demuestra ser eficaces instrumentos para alcanzar los niveles más elevados y complejos de la escala cognitiva, a los que los alumnos convencionales llegan en muchas ocasiones con dificultad en las facultades y escuelas reales.
La capacidad de estar en clase y un instante después en la sala de proyecciones para luego saltar a la biblioteca al tiempo que consultamos las aportaciones de otros participantes, compartimos apuntes o buscamos momentos de distracción reuniéndose con los compañeros, sólo es posible en el mundo virtual. Es quizás también otro de los aspectos que hace que los espacios inmateriales a los que nos referimos, aseguren tan elevado índice de éxito.
El alumno asimila los conocimientos en primera persona, siendo en todo momento el protagonista principal del entorno en el que se mueve, investiga, juega y experimenta. El objetivo final es proporcionar al participante una experiencia única, poniendo a su disposición un amplio abanico de recursos didácticos, de participación y de interactuación al tiempo que recibe todo el apoyo de su tutor y del equipo dinamizador.
El mundo joven en general, entendiendo y extendiendo el mismo a todas aquellas personas con menos de cincuenta años, parecen estar fascinado en mayor o menor medida con Internet y las Nuevas Tecnologías, la Realidad Virtual y los espacios simulados.
Esa buena percepción y valoración de todo ello y la amplia receptividad que la gente muestra en general hacia todo lo virtual y tecnológico, hace que los mundos o escenarios virtuales sean de lo más adecuados para la enseñanza en general y la e-Learning en especial, debido principalmente a su similitud con el mundo físico, a la facilidad de uso, a la sencillez para captar la atención de los usuarios y las grandes capacidades y potenciales que encierran.
La Realidad Virtual implica además distintas motivaciones y atractivos personales añadidos para cada individuo concreto. Es por ello fundamental que los creadores y diseñadores de los entornos virtuales de aprendizaje definan y construyan espacios atractivos que animen a su exploración y por consiguiente, a la inmersión completa en ellos de los usuarios que, una vez dentro, se encontrarán en las mejores condiciones para aprender y formarse, colaborar e interactuar. Es en definitiva, poder tener un gran número de alumnos que acudan diariamente a clase con gran interés, ilusión y ganas de participar activamente.
Todos los estudios actuales indican que curiosamente, los entornos virtuales que suponen una réplica de los entornos físicos, resultan mucho más efectivos y arrojan mejores resultados entre los estudiantes que los espacios similares del mundo físico.
Y no quiero hacer alusión al grado de realidad de unos sobre otros, porque aunque materiales e inmateriales, en la práctica ambos pueden considerarse reales al completo.
Al igual que los juegos que reproducen mundos y personajes virtuales, personajes que hacen exactamente lo mismo que sus "dueños" en la vida real o que les permite precisamente hacer aquello que no hacen en sus vidas físicas, han tenido un gran éxito en todo el planeta y reúnen a millones de personas, los entornos virtuales de aprendizaje tienen un potencial y una capacidad de atracción y de "juego" similar.
Es quizás por el magnetismo que para las generaciones actuales tiene la imitación de la realidad que nos rodea en forma de realidad virtual, es quizás por la carga de magia que todo ello tiene o porque, aún en constante evolución, nos sabe a auténtica ciencia ficción extraída de novelas y películas de las que hemos disfrutado todos, los entornos virtuales resultan algo fantástico para sus protagonistas, deseosos de realizar una inmersión y exploración inmediata en ellos.
Los participantes de los espacios virtuales de enseñanza no sólo pueden leer textos, ver imágenes y videos o interactuar con sus tutores, sino que además pueden escuchar contenidos locutados, acceder a laboratorios virtuales, realizar ejercicios y simulaciones con corrección inmediata, navegar por los hiperenlaces o bucear en completas bibliotecas. Y todo ello de forma paralela con el intercambio de ideas y conocimientos con el resto de miembros del entorno, con su participación activa en salas de conferencia, de charla (chats) o cafés virtuales, con sus publicaciones e intercambio de ideas en cuadernos de bitácora (blogs) o en la participación y creación conjunta de enciclopedias y contenidos llamados "wikis".
Así pues los Campus Virtuales demuestra ser eficaces instrumentos para alcanzar los niveles más elevados y complejos de la escala cognitiva, a los que los alumnos convencionales llegan en muchas ocasiones con dificultad en las facultades y escuelas reales.
La capacidad de estar en clase y un instante después en la sala de proyecciones para luego saltar a la biblioteca al tiempo que consultamos las aportaciones de otros participantes, compartimos apuntes o buscamos momentos de distracción reuniéndose con los compañeros, sólo es posible en el mundo virtual. Es quizás también otro de los aspectos que hace que los espacios inmateriales a los que nos referimos, aseguren tan elevado índice de éxito.
El alumno asimila los conocimientos en primera persona, siendo en todo momento el protagonista principal del entorno en el que se mueve, investiga, juega y experimenta. El objetivo final es proporcionar al participante una experiencia única, poniendo a su disposición un amplio abanico de recursos didácticos, de participación y de interactuación al tiempo que recibe todo el apoyo de su tutor y del equipo dinamizador.
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